“Han pasado 21 años y sigo pensando lo mismo: si algún día la vuelvo a ver, me voy a hincar en sus pies y le voy a pedir perdón por no encontrarla rápido. No sé si está viva o muerta, pero tengo claro que, si regresa, la niña que conocí ya no será la misma… y ese será otro calvario que tendremos que enfrentar.
Lo que más me destruye es pensar en los últimos momentos: ella gritó ‘mamá’, ‘papá’, ‘auxilio’… y nosotros no la escuchamos. Ese pensamiento me persigue desde hace 21 años. Cada día cargo con la culpa de no haber estado ahí para salvarla.
Si alguien sabe algo de ella, díganmelo por el amor de Dios. Solo quiero verla otra vez.
Su historia es un recordatorio del dolor silencioso que viven tantas familias en Torreón y en todo México, y del amor que nunca desaparece.”

