Cada mes de enero, la Rosca de Reyes se convierte en protagonista de mesas familiares, reuniones entre amigos y celebraciones comunitarias en todo México. Más allá de su sabor y apariencia festiva, este pan tradicional encierra siglos de historia y un profundo simbolismo religioso y cultural.
El origen de la Rosca de Reyes se remonta al siglo XIV en Europa, particularmente en Francia y España, donde surgió como una representación del pasaje bíblico de la visita de los Tres Reyes Magos —Melchor, Gaspar y Baltazar— al niño Jesús. Con la llegada de los españoles a América, la tradición fue adoptada y transformada, integrándose a la cultura mexicana hasta convertirse en una de las costumbres más arraigadas del país.
La forma ovalada o circular de la rosca simboliza el amor infinito de Dios, un círculo sin principio ni fin. Las frutas secas y cristalizadas que la decoran representan las joyas incrustadas en las coronas de los Reyes Magos, mientras que el muñeco del Niño Dios, oculto dentro del pan, recuerda el momento en que José y María escondieron a Jesús para protegerlo del rey Herodes.
En sus inicios, el objeto oculto dentro de la rosca era una haba; con el paso del tiempo fue sustituido por una figura de plástico. La tradición indica que quien encuentra el muñeco se convierte en padrino o madrina del Niño Dios y asume el compromiso de ofrecer tamales el 2 de febrero, durante la celebración del Día de la Candelaria, prolongando así el ciclo festivo.
Hoy, la Rosca de Reyes no solo representa una costumbre religiosa, sino también un acto de convivencia que refuerza la identidad cultural y el sentido de comunidad. En cada rebanada se mezclan historia, fe y tradición, recordando que en México las celebraciones se viven —y se comparten— alrededor de la mesa.

