Las presiones crecen sobre el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, para responder al mortal ataque con un dron que tuvo como blanco a tropas estadounidenses en la frontera de Jordania y dejó como saldo tres efectivos muertos y 25 heridos.
El ataque fue reivindicado por la Resistencia Islámica en Irak, un grupo de milicias respaldadas por Irán que ha perpetrado más de un centenar de ataques contra tropas estadounidenses estacionadas en Irak y en Siria desde el estallido de la guerra en la Franja de Gaza el pasado 7 de octubre.
Biden enfrenta un difícil acto de equilibrismo: responder sin desatar una guerra pero mostrando la fuerza suficiente como para disuadir a más enemigos, al propio Irán de intentar hacer algo más y para evitar que los republicanos lo ataquen por «debilucho» en un año electoral.
Las opciones que se barajan son complicadas. Golpear a Irán ahora y golpearlo duro es la demanda de algunos legisladores republicanos como Lindsey Graham. Sin embargo, una respuesta agresiva podría desencadenar una guerra regional, ya que Irán podría activar a sus aliados como Hezbolá contra Israel o los activos estadounidenses.
Por otro lado, una respuesta que no sea lo suficientemente agresiva podría percibirse como débil para Irán y sus aliados, creando un riesgo adicional. El dilema de Biden es complicado, y las opciones van de malas a peores. La Casa Blanca ha adelantado que habrá una respuesta «adecuada», subrayando que no busca una guerra con Irán. Sin embargo, cualquier decisión conlleva riesgos y repercusiones políticas tanto a nivel nacional como internacional.

