Es innegable reconocer y respetar la elección final de Checo Pérez de extender su permanencia en Red Bull por otro año más. La confirmación oficial de la escudería silencia cualquier especulación sobre un posible reemplazo en su asiento para la próxima temporada.
Esta determinación del piloto mexicano merece respaldo, aun cuando no sea necesariamente compartida. Comprendiendo su postura, percibo que esta es la opción más cómoda después de un año en el que, al parecer, su equipo o el entorno del mismo le restaron importancia cuando más cerca estaba de Verstappen. Esto creó un entorno adverso que dificultó su capacidad para competir de igual a igual con el campeón holandés, al menos es lo que he observado desde afuera en la temporada pasada.
Por ello, entiendo que continuar en Red Bull implica aceptar una realidad difícil. Checo sabe que bajo estas condiciones no está en posición de luchar por el campeonato. La prioridad absoluta de la escudería es Verstappen, y él, en el mejor de los casos, está para pelear por el segundo puesto. Es consciente de que, si intenta rivalizar con Max, está en desventaja. Primero saldrá el padre del holandés, seguido por Helmut Marko y otros partidarios del actual campeón, para recordarle su rol secundario en el equipo.
Checo ha asumido con resignación este papel de ser el segundo piloto. Ha decidido aspirar a obtener alguna pole y victoria únicamente cuando su compañero de equipo se lo permita. También es consciente de que debe respaldarlo en momentos críticos, sin esperar reciprocidad. Debe manejárselas por su cuenta, no complicar las cosas para Verstappen y ser sumiso con Red Bull. Desde mi perspectiva, ya ha perdido el campeonato, tanto con Verstappen como con Red Bull. Sin embargo, es su decisión y, aunque no me agrade, merece respeto.

