El bisonte americano (Bison bison), uno de los mamíferos más emblemáticos del continente, habitó durante miles de años las grandes planicies que se extendían desde Canadá hasta el norte de México. Antes de la llegada de los colonizadores europeos, se estima que más de 30 millones de bisontes recorrían libremente estas tierras, incluyendo regiones de Coahuila, Chihuahua y parte de Nuevo México y Texas, donde grupos indígenas como los Comanches y los Apaches dependían de él para su sustento, cultura y comercio.
Durante los siglos XVIII y XIX, la presión de la caza comercial, la expansión agrícola y la colonización provocaron una drástica disminución de la especie. A finales del siglo XIX, el bisonte prácticamente había desaparecido de México. Su extinción local fue un duro golpe para los ecosistemas de pastizal, pues el bisonte actuaba como ingeniero natural del paisaje: dispersaba semillas, removía el suelo y mantenía un equilibrio vital para otras especies del desierto.
No fue sino hasta el siglo XXI que México emprendió esfuerzos serios para recuperarlo. En 2009 inició su reintroducción en la Reserva de Janos, Chihuahua, y más recientemente en Coahuila, donde la llegada de nuevos ejemplares a Cuatro Ciénegas revive la memoria natural del norte del país. Hoy, su regreso representa no solo la restauración de una especie emblemática, sino también la recuperación de una parte fundamental de nuestra historia ambiental. La presencia del bisonte vuelve a darle vida a los pastizales, impulsa proyectos ecoturísticos y fortalece la identidad de las comunidades que lo reciben como el guardián ancestral del desierto mexicano.

