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jueves, enero 22, 2026
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    🧢 El “Movimiento del Sombrero” y la sombra del PRI en Coahuila: ¿protesta estudiantil o estrategia política?

    El reciente Movimiento del Sombrero en el Instituto Tecnológico de La Laguna ha sido presentado como una expresión genuina del descontento estudiantil ante la falta de transparencia, las deficiencias en la infraestructura y el rezago en la renovación de su sociedad de alumnos. Sin embargo, diversos sectores de la comunidad lagunera han comenzado a preguntarse si detrás de este impulso juvenil existe también una agenda política más amplia.

    En Coahuila, donde el Partido Revolucionario Institucional (PRI) conserva estructuras sólidas y una profunda influencia en instituciones educativas, la coincidencia temporal entre la efervescencia del movimiento y los recientes reajustes políticos en la región ha levantado sospechas. Algunos observadores consideran que el Movimiento del Sombrero podría estar siendo canalizado o aprovechado por actores priistas interesados en proyectar liderazgo, mostrar “renovación generacional” y disputar el control simbólico de los espacios universitarios.

    El liderazgo visible de Alan Humberto Muro García, joven elocuente y con clara capacidad de organización, ha sido clave para articular el discurso del movimiento. No obstante, su cercanía con ciertos grupos políticos locales y la narrativa cuidadosamente estructurada en torno al “rescate del Tec Laguna” han alimentado la idea de que la protesta va más allá de una simple demanda estudiantil.

    De ser cierto, este tipo de injerencias representaría una repetición de viejos esquemas del PRI en Coahuila, donde los movimientos sociales o juveniles han sido utilizados históricamente como vitrinas de legitimidad o como plataformas de posicionamiento político. Si no lo es, la duda misma revela hasta qué punto la sociedad coahuilense sigue viendo la política estudiantil bajo el prisma de la manipulación partidista.

    En cualquier caso, el Movimiento del Sombrero simboliza un fenómeno dual: por un lado, el deseo real de los jóvenes por un cambio dentro del Tec Laguna; por otro, el eco persistente de una cultura política donde el poder busca influir —incluso en las aulas— bajo el disfraz de la protesta social.

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